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Los cambios que trae el cambio climático

  • Foto del escritor: Comunicaciones
    Comunicaciones
  • 23 dic 2025
  • 5 Min. de lectura

Por Cecilia Sueiro Mosquera


Cecilia Sueiro, directora de Entornos por el Buen Vivir comparte una reflexión sobre la escala del cambio climático en la actualidad; además, nos invita a ampliar la mirada sobre la problemática y a cuestionar los paradigmas alrededor del sistema que lo genera y propulsa.


“Saber que el cambio climático tiene que ver con la acumulación de riqueza, la desigualdad y la urgente redistribución debería ser ya sentido común”


Cuando pensamos en cambio climático generalmente pensamos en las lluvias que no llegan o que azotan hasta inundar, en sequías que agobian las chacras y agrietan los suelos, en fríos o calores que llegan fuera de tiempo o en cultivos que se pierden. Pensamos también en la importancia que cobran nuevas tecnologías como los paneles solares y los autos eléctricos, así como en la importancia de disminuir las emisiones de CO2 en el ambiente, derivados de la combustión de energías fósiles o del carbón. En muchos de los territorios, principalmente los del sur global, los supuestos beneficios de lo que se ha llamado “desarrollo” no han llegado a la mayoría de personas. Muchos lugares no cuentan hoy, en el 2025, con electricidad, ni internet, ni siquiera con agua potable. ¿Es posible que el agua potable deje de estar disponible antes de llegar a millones de hogares? En la actualidad la demanda por el agua de lo que se conoce como nuevas tecnologías, especialmente la inteligencia artificial, está siendo un problema que crece rápidamente. 


La escala nacional del cambio global


El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, el IPCC por sus siglas en inglés, hace predicciones climáticas basado en cientos de estudios de cada lugar del planeta. En el reporte N°6, el último que se presentó, los escenarios probables para nuestra región es la de aumento de las sequías, algo que ya se está sintiendo evidente en muchos de nuestros pueblos. Si bien este año las lluvias empezaron temprano, no han sido sostenidas en el tiempo y muchas de las chacras sin riego están sufriendo escasez. 


Sin embargo, hay otra consecuencia del cambio climático, que quizá es menos evidente cuando pensamos en este tema de forma global y es la expansión de la minería en el país. El cobre es un mineral estratégico para la transición energética que supone volver eléctricos los motores que antes funcionaban con combustibles fósiles. Para esta conversión, sin embargo, se necesitan grandes cantidades de materiales, entre ellos el cobre y lo que se conoce como “tierras raras”. En nuestro país, las minas sacan grandes camiones llenos de material, y se declara únicamente el mineral principal, por lo que no sabemos qué es lo que se llevan realmente. Esta fiebre minera actual, no es solo de las grandes corporaciones transnacionales, que ya vienen devastando paisajes enteros dejando huecos inmensos y gran cantidad de relaves y residuos químicos que envenenan las aguas y la tierra o dejan bombas de tiempo para cuando hayan cambiado de nombre o estén en otro lugar. Por el incremento del precio de los minerales, incluido el cobre, ahora existe pequeña y en algunos casos mediana minería de este metal, algo que antes, por la poca rentabilidad, se dedicaba principalmente al oro. Este es un cambio en los territorios que se da por el cambio climático. 


Ampliar la mirada


En ese sentido, reconocer el cambio climático como un problema económico, político, social y cultural, de condiciones actuales de producción, de distribución, de consumo, de acumulación, de explotación y despojo de territorios es necesario. Saber que el cambio climático tiene que ver con la acumulación de riqueza, la desigualdad y la urgente redistribución debería ser ya sentido común. Quizá algo que es menos evidente es la relación entre la privatización de la vida y el cambio climático. Poner dentro del mercado para intereses privados cosas que antes eran bienes públicos acelera esta vorágine sin pausa de explotación. Tierras privadas, agua privada en muchos lugares, o priorizada para intereses privados, como la minería o los centros de datos. Por ello, la desprivatización de la vida, la colectivización y reconocimiento del valor de lo público sobre lo privado y lo colectivo sobre lo individual es indispensable también si queremos pensar en un mundo donde la crisis climática ya no sea uno de los temas urgentes. 


Otras formas de vida son posibles y sostenibles


Ya se reconoce que los pueblos indígenas y originarios en el mundo son quienes mantienen la mayor biodiversidad del planeta. Y si bien al pensar en biodiversidad muchas veces pensamos en la amazonía, las partes altas de los andes son el lugar de nacimiento de la mayoría de los ríos del país. En estas zonas no solo abunda una diversidad de plantas, turbas y hongos, sino que existe también una gran cantidad de animales silvestres, como aves, mamíferos y reptiles, así como insectos de distintos tamaños y formas, que sostienen la vida y el equilibrio de los ecosistemas. Un ecosistema fundamental para ello, que se ve cada vez más amenazado, es el de los bofedales, que son como una especie de riñón del planeta, manejados y reproducidos durante siglos como parte de una estrategia de aprovechamiento y gestión de territorio para la crianza de camélidos y el aseguramiento de la vida silvestre, incluyendo las vicuñas, supuestamente nuestro animalito nacional. 


Quienes manejan estos bofedales son pastores andinos, cuya actividad económica tradicional respeta este equilibrio y permite que se protejan las lagunas, pastos y montañas. Sin embargo, su existencia en condiciones justas, gozando de los derechos que deberían tener por ser ciudadanas y ciudadanos peruanos, es limitada y muchas veces completamente ignorada desde el centralismo que toma las decisiones en nuestro país. Sin acceso a salud, educación, vivienda y acompañamiento para venta como servicios públicos, no es posible que puedan sostener sus sistemas de vida. Si se subvenciona una agricultura como la de la costa para exportar, ¿por qué no se subvenciona una economía que podría sostener muy bien una vida cuidadosa con el entorno y que genera un producto altamente rentable?


La pregunta sobre el interés


Por ello es necesario que nos preguntemos si realmente creemos que destruirlo todo, expandir huecos de kilómetros de diámetro y dejar piscinas de desechos tóxicos, es realmente “desarrollo”. Debemos preguntarnos a quién beneficia este “desarrollo” y esta extracción sin fin que tenemos en nuestros territorios. Quiénes continúan enriqueciéndose y quiénes continúan empobreciéndose, a dónde se va el supuesto bienestar que se genera. Preguntarnos quiénes han generado las condiciones de cambio climático actuales, qué modos de vida se están sosteniendo a costa de la devastación climática que vivimos, y qué territorios, cuerpos y formas de vida se están sacrificando para ello. 


Si bien es difícil imaginarnos un mundo que pueda ser diferente al actual, en el que podamos reconocer la diversidad de nuestro planeta, poner límites a la explotación, a la acumulación, a las lógicas de crecimiento financiero, la importancia de la redistribución global de los beneficios generados por la explotación constante de territorios y el reconocimiento de lo que ofrece poner la vida - y no el dinero - en el centro, va a ser más difícil vivir en un planeta donde el agua, el aire, los alimentos sanos, el refugio, estén todos en manos corporativas y privadas y pertenezcan sólo a quienes sean dueños de nuestro país y del planeta.


Mirada de futuro


Por eso, para abordar los cambios que el cambio climático trae a nuestros territorios hay que discutir elementos básicos de convivencia en y con el planeta, discutir seriamente la desprivatización, la planificación, el ordenamiento de nuestras inmensas posibilidades de producción y reproducción de la vida, en la diversificación de las actividades económicas, con una perspectiva de futuro para y en los territorios y en la exigencia global de un mundo que reconozca que el ritmo que llevamos ahora solo nos ha traído al desastre colectivo.


*La opinión expresada es personal a la autora y no representa la postura institucional de Entornos por el Buen vivir.

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