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Gobernanza, minería y camélidos.

  • Foto del escritor: Comunicaciones
    Comunicaciones
  • 23 ene
  • 7 Min. de lectura

Por Carlos Herz


Carlos Herz, integrante de Entornos por el Buen Vivir presenta una reflexión sobre la figura actual del comunero-minero en la región de Apurímac, territorio concesionado al 60% para la actividad extractivista. ¿Pueden convivir la minería con las actividades agropecuarias en un territorio sistemáticamente olvidado por el Estado Peruano?


“Situación preocupante que se reproduce en toda la región alto andina del país, frente a la existencia de políticas que mayormente se orientan a promover y subsidiar la agricultura de exportación, vinculada a grandes capitales".


Apurímac se caracteriza por ser un territorio preponderante rural constituido por unas 484 Comunidades Campesinas, de las cuales 445 son reconocidas y 39 en proceso, que cubren un territorio de 1´956, 567.45 hectáreas, equivalente a 19,565 Km2 (Tipula, 2018). La mayor parte del departamento está dedicada a la actividad agraria, albergando tierras de cultivo, pastos naturales, fuentes de agua, recursos forestales de fauna y flora, así como mineros, todo lo cual constituye la base principal de las potencialidades naturales que debieran servir para encauzar el desarrollo territorial de manera diversificada y sostenible, junto con su riqueza cultural.


Ese tradicional e histórico quehacer productivo en la actualidad se encuentra muy afectado por el deterioro de los agroecosistemas, los bajos precios de los productos generados, pero principalmente por la ausencia de consistentes políticas nacionales que revitalicen la economía campesina y la capacidad productiva de esas tierras así como revaloren la importancia de la población rural que con su esfuerzo perseverante y  silencioso ha garantizado buena parte de la alimentación popular. Situación preocupante que se reproduce en toda la región alto andina del país,  frente a la existencia de políticas que mayormente se orientan a promover y subsidiar la agricultura de exportación, vinculada a grandes capitales. 


El panorama porcentual minero


Simultáneamente, y como componente del modelo extractivista que predomina en el país, se incrementa notoriamente la actividad minera, en sus distintas escalas.  Por un lado, se concentran cantidades muy importantes de la cartera de grandes proyectos mineros como Las Bambas, Hierro Apurímac, Los Chancas, Haquira, Antilla, Trapiche, Cotabambas, Chalcobamba, entre otras inversiones, además de ser el departamento con mayores concesiones mineras declaradas porcentualmente en su territorio (Apurímac posee más del 60% de sus territorios concesionados, y en el caso de Antabamba más del 70%, con un 97,5% de naturaleza metálica). Se prevé de este sector una inversión de más de US$ 11,900 millones (20% de la gran inversión minera nacional). Durante 2025, Apurímac junto a Moquegua, Arequipa y Áncash sumaron cerca del 50% de la inversión minera en el Perú, correspondiéndole el 10% del total del país (MINEM). Dichas inversiones han generado importantes ingresos por canon y regalías, equivalentes al 40% de las transferencias totales a la región, beneficiando más a ciertas provincias (Energiminas).


Efectos y consecuencias territoriales


Por otro lado, además de esta significativa expansión de las actividades mineras de grandes capitales en tan solo las tres últimas décadas, simultáneamente se viene dando un auge de la llamada minería artesanal a pequeña escala, mayormente informal,  igualmente sobre los territorios de las comunidades campesinas en la mayoría de las provincias apurimeñas. Todas estas actividades tienen sus efectos en la dinámica  económica, social, cultural y ambiental preexistente, y pueden ir generando transformaciones drásticas del territorio a nivel de las condiciones de  vida de las poblaciones y de los ecosistemas naturales, en los próximos años, más aún si se presentan sin un mayor ordenamiento y planificación territorial, y ante un Estado flácido, ineficiente y en crisis institucional, a la vez que las orientaciones de los diversos gobiernos siempre han promovido el modelo extractivista como base de acumulación, acompañado de un contexto de permanente conflictividad social y política. 


Esta realidad en los últimos años, viene generando tanto una relación más fluida entre el campo y la ciudad (De Grammont 2008, Diez 2001, Pérez 2001), como nuevas dinámicas económicas en las propias comunidades campesinas, lo que re-configura la idea del poblador rural como esencialmente agropecuario incorporando diversas actividades en la lógica de la pluriactividad o de la diversificación productiva, combinando agricultura, ganadería, servicios y la extracción de minerales, entre otros. Conlleva asimismo la creación de nuevas organizaciones que atiendan esas nuevas formas de reproducción de medios de vida, y lo que viene dándose dentro de las comunidades para controlar y gestionar dicha actividad en sus entornos. Una de las justificaciones en diversas comunidades, para propiciar la minería artesanal, principalmente de extracción de oro y cobre, es la del derecho que les asiste de realizar esa actividad como respuesta a la presencia de las grandes empresas y el acaparamiento de esas concesiones mineras en territorio de Apurímac. Asimismo, esta creciente actividad minera artesanal en las tierras comunales del sur andino y Apurímac en específico, está significando una oportunidad de realización económica para miles de familias que han visto deteriorados sus medios de vida ante la realidad de un agro de escasa atención por los diversos gobiernos. Cabe remarcar que Apurímac es una de las regiones donde la población padece mayores carencias y necesidades. Sus indicadores de pobreza, educación y nutrición se ubican normalmente entre los últimos puestos a nivel nacional, además Apurímac está entre las regiones de mayor vulnerabilidad frente a la seguridad alimentaria debido a su situación precaria en términos económicos y de disponibilidad, acceso y consumo de alimentos. Los nuevos valores que muestran mejoras en los índices de desarrollo humano se relacionan a una mayor participación de la población en actividades mineras.


Esta dinámica minera señalada se presenta desde diversas tipologías de extracción que impactan de varias formas sobre la tradicional forma de vida de las comunidades campesinas, transformando la dinámica comunal y las prioridades de realización rural, así como estableciendo una suerte de nueva categoría comunero-minero. En otros casos surgen conflictos al interior de comunidades entre quienes apoyan la actividad minera y otros que se oponen; o el escenario de mineros que penetran en territorios comunales sin autorización; como también las tensiones de comunidades que hacen o pretenden hacer minería, con las grandes empresas a cuyas concesiones ingresan. 


Queda por analizar cuidadosamente el carácter comunal de una parte importante de la minería informal en Apurímac y de las implicancias sociales, ambientales y culturales, así como la viabilidad de la convivencia de la actividad minera (campesino-minero) manteniendo a la vez aspectos identitarios claves, dentro de las comunidades.  Por otro lado, la atracción por los beneficios económicos que genera la actividad minera artesanal la convierte en impulsora de dinámicas de migración y nuevos asentamientos en los territorios donde se realiza la extracción. La reconfiguración del paisaje tanto humano como natural son o pueden ser resultados de esa incesante dinámica económica, con sus consecuentes impactos en la vida comunal. Cabe señalar que desde una perspectiva de planificación territorial, es muy lento el proceso de formalización de esa minería artesanal, por responsabilidad de los mismos actores locales como por la ausencia de decisión de parte de las autoridades políticas que responden a claros intereses económicos a favor de esas prácticas informales y de sus organizaciones representativas de diferentes provincias y a nivel regional (FERMAPA), que dice agrupar en la actualidad, más de 18 mil mineros, constituyendo ahora una de las principales organizaciones sociales de la región.


¿Y las comunidades alpaqueras?


Todo lo señalado también compromete, afecta y está presente en los territorios de las comunidades campesinas dedicadas a la crianza y manejo de camélidos sudamericanos de Apurímac, alterando igualmente y en diverso grado sus relaciones económicas y sociales. Por las mismas causas ya esgrimidas, muchas de las comunidades pecuarias altoandinas están participando de la extracción de minerales, y a su vez en la gestión comunal de camélidos. Los exiguos precios que reciben las familias por la venta de la fibra de alpaca principalmente, en muchos casos esquilada cada dos años, y de la transformación en carne, así como la degradación de los ecosistemas y los efectos del cambio climático, no permiten satisfacer plenamente las demandas de la población, motivando su interés por la actividad extractiva minera artesanal. Esa situación también se manifiesta en territorios como Antabamba, provincia de mayor producción de camélidos en Apurímac. Sin embargo, el crecimiento exponencial de la actividad minera plantea serios retos y trae consigo posibles profundos cambios económicos, sociales y políticos con sus implicancias en la gobernanza territorial y el aprovechamiento diversificado de las potencialidades existentes. 


Preguntas necesarias


Algunas inquietudes a manera de desafíos:


- ¿Cuál es la capacidad de organización, negociación y de toma de decisiones de las comunidades campesinas para garantizar la continuidad de los sistemas pastoriles en escenarios de presencia de otras actividades no agrarias como la minería?. 

- ¿Cómo crear condiciones para la convivencia entre la actividad agropecuaria y la minera, considerando el nuevo escenario del comunero-minero? Es posible que se den cambios drásticos en la vida comunal que afecte la esencia cultural e histórica de la comunidad campesina como institución.

- ¿Cuál es el comportamiento de cada uno de los diversos actores comunales y locales en general respecto a la presencia de la minería artesanal y los posibles escenarios de conflictividad?.

-¿Qué políticas públicas se requiere propiciar frente a la presencia de actividades mineras en un contexto de economía campesina? Igualmente, ¿cómo garantizar la formalización de la minería artesanal y el respeto a los derechos territoriales, ambientales, laborales?

- ¿Cómo organizar la gobernanza en los territorios de las comunidades campesinas pastoriles con presencia de minería artesanal para garantizar la gestión de los ecosistemas altoandinos y de los camélidos sudamericanos?. -¿Cómo los beneficios obtenidos de la extracción minera también contribuyen a fortalecer las comunidades campesinas, facilitar medios de vida y dar continuidad a las sociedades agrarias de manera sostenible?


A modo de conclusión


Finalmente, de lo que se trata es mirar esta particular problemática articulada a una propuesta de planificación territorial incluyendo un instrumento que identifique y ordene las diversas potencialidades, considerando como punto de partida el fortalecimiento y revitalización de la economía campesina pecuaria, su diversificación productiva, los precios justos para la fibra, entre otros. De tal manera que tanto desde los recursos públicos como de los eventuales ingresos que otorgue la minería, se priorice y sostenga la gestión de los camélidos sudamericanos. No es menester sobredimensionar los beneficios de la minería artesanal, se trata de discutir su inclusión como componente del desarrollo territorial. Como señala De Echave y Torres (2005), respecto al aporte minero en la mejora de los índices de pobreza: “cuanto mayor ha sido la actividad minera en el Perú, menores son los valores que miden el desarrollo humano en las regiones mineras”.


*La opinión expresada es personal al autor y no representa la postura institucional de Entornos por el Buen vivir.

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